Poema I

Donde el poeta, extasiado por la belleza helénica de Su Amada, expresa su admiración por Ella, así como los sentimientos más profundos de su corazón y su alma, lamentando su total ineptitud a la hora de describirla para que la Humanidad toda sea partícipe de su éxtasis, sumiéndose entonces en una infinita melancolía al sentirse sólo y abandonado en su contemplación.

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Publicado en  on Martes, 17 de Junio de 2008 at 11:08 am Comentarios (1)

El Solitario

Will miró a su alrededor.

– ¿Y aquel de ahí? — preguntó, señalando detrás de Homplat.  Este se giró y obsevó la alargada figura a la que se refería su interlocutor, estirando su bigote como si quisiera tocarle con sus pelos para poder reconocerle.

– Vaya, ¡está aquí! — dijo, volviendo al frente — No estoy seguro de que quieras que él nos lleve.

– ¿Le conoces?  ¿Es mal piloto?

– ¡No, no, al contrario! — Se apresuró a corregir — Incluso hay quien dice que es el mejor piloto de la Galaxia. (más…)

Publicado en  on Jueves, 31 de Enero de 2008 at 5:10 pm Dejar un comentario

El juicio de las urracas

En la evolución de todo ser humano, existe un periodo en el que se busca la propia identidad.  Suele ser esta una época caótica, de rebeldía contra todo lo vivido con anterioridad, en la que se reniega, incluso, de nuestro pasado.  Es nuestra guerra contra todo, con batallas y escaramuzas en busca de nuestro yo, de lo que somos, de nuestro significado.  Y como en toda guerra, también en esta hay alianzas y traiciones, bajas y victorias, triunfos y derrotas.  Nos rebelamos contra nuestros padres, tratando de derrocar su despótico gobierno, conquistamos nuevas tierras, descubrimos nuevas experiencias, reclutamos ejércitos, ejecutamos a los traidores… y herimos, incluso de muerte, a aquellos que más nos importan.  Se cometen errores, sí, pero si hemos aprendido su lección, si miramos hacia atrás a tiempo, significará que hemos ganado.

Me encontraba yo, no hace muchos años, siendo testigo de una de estas guerras ajenas, esquivando proyectiles mientras libraba otra propia, de naturaleza bien distinta, cuando Calíope me susurró al oído:

Los dos dominicos se relajaron, habían cumplido con su deber y estaban seguros de que el Santo Padre había comprendido que aquella aberración sólo merecía no ver la luz del nuevo día.  Observé sus caras, henchidas de satisfacción por la paliza dialéctica que habían propinado a aquella criatura.  Sin duda estaban saboreando las palabras exquisitamente seleccionadas para retumbar en la sala capitular donde se encontraban.  Los imaginé el día anterior en aquella misma habitación, el uno sobre la tarima engolando la voz mientras su colega, en el lado opuesto de la habitación, le indicaba con los brazos cuándo elevar el tono, como si el director de un coro se tratara.

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Publicado en  on Domingo, 10 de Junio de 2007 at 12:20 pm Comentarios (4)