El policía, el italiano, sus ligues y el informático

Por entonces compartía un coqueto piso, cerca del Templo de Satán, con un policía y un italiano.

El policía era alto, moreno y fuerte.  Tenía la mandíbula cincelada y la mirada profunda, que infundía respeto.  Trabajaba en oficina a la espera de un traslado a Marbella, donde está el lío, decía mientras mostraba, orgulloso, una foto suya junto a un impresionante alijo que incautaron mientras todavía estaba en prácticas.  Me caía bien.

El italiano era italiano.  No puedo describirlo de otra forma:  complexión italiana, cara italiana adornada por una italiana nariz y enmarcada por un pelo absolutamente italiano, de habla italiana, con ideas y gustos italianos, y un vestir marcadamente italiano, pero no a lo Dolce&Gabanna sino de andar por casa.  Lo que se dice un italiano, vamos.  No me caía tan bien.

Aquel día, domingo, fui el último en levantarme de la cama, cosa rara porque el italiano era, prácticamente, nocturno.  Mis compañeros ya estaban desayunando en el comedor, de paso obligado para entrar en la cocina, así que les saludé y me preparé el desayuno.  Lo describiría de acordarme en qué consistía, pero como no lo recuerdo supongo que sería lo de siempre: cacao y unas galletas, con suerte acompañadas de mantequilla y mermelada.  ¡Cómo lo hecho de menos!

Así que fui con mi desayuno al comedor y me senté a la mesa, donde ambos se encontraban en animada conversación.

– Recuerdo una bestial –anunció el policía, borrando con un único movimiento de la mano todo lo que se había escrito anteriormente en una imaginaria pizarra–.  Estaba con un compañero de patrulla en la Costa Brava y vimos a dos tías de la hostia.  Unas tetas y un culo que no veas, de las que te gustan a ti –proclamó señalándome, mientras mi respeto hacia él caía en barrena–.  Bueno, que vamos, nos acercamos, hola, señoritas, nos pueden mostrar la documentación, claro que sí, agente, y tal, que si vaya chulo el uniforme, que si qué porra más grande, que si la usaríais con nosotras

– No jodas –exclamó el italiano.

– Tal te lo cuento.  Total, que quedamos por la noche, nos las llevamos a casa y, sin mediar palabra, ¡pim-pam!  Ropa fuera y dale que te pego.

¡Mayday, mayday!  ¡No puedo controlarlo!

– Me estás tomando el pelo.  Sei imposíbile!

– Que sí, que sí –defendió el nacional, golpeando la mesa con el nudillo de su índice derecho para demostrar su sinceridad–.  ¡Y no veas cómo chupaba la que me tocó a mi!  Y luego, encima del sofá, estaba yo dándole y coge la tía, mete la mano en la bolsa, que la tenía yo ahí, saca la porra y se la mete por detrás.

Ma non!  ¡Eso sí que no!

– Que sí, macho.  Y la de mi compañero, que estaba ahí cabalgando como una posesa, le daba fuerte que se cayó del sillón y, según se cae, va el tío, la agarra y la ensarta, ¡pim-pam!

¡¡Le hemos perdido, repito, le hemos perdido, no le localizo en el radar…!!

– ¡Venga!  ¡Esto te lo tienes que estar inventando!

– Que no, tío, que es verdad.

– ¿Para qué tanto?  Yo, una vez, en Suiza, ¡qué bella Suiza!, en una cabaña, en unas montañas de ensueño, conocí a una chica esculturale, una belleza única, hija de la dueña de la cabaña.  Al día siguiente de llegare tuve un constipado, horribile!  Pues esta chica me cuidó tres días y el último se metió en la cama para darme calor, ¡y qué calor!

– Pero, ¡qué cabrón que estás hecho!–le espetó.

– Pero no sabes qué pasó luego.

– ¿Qué? –y yo, calladito, desayunando.

– Que terminamos, levantamos la cabeza y allí estaban, la madre y la hermana, mirando.

– ¡Anda ya!

– ¡Más certo lo mío que lo tuyo!.

– Vale, vale, lo que tú digas.

– Y eso no fue nada, que todas las noches desde entonces dormí con las dos hermanas.  De lo único que me arrepiento es de no intentarlo con la madre.

– ¿También estaba buena? –interrogó el policía, lanzando un imaginario guante al aire.

Santa Madonna! –fue la respuesta, acompañada por un gesto implorante.

Hubo un momento de silencio, mientras yo terminaba el desayuno.  Entonces, impaciente, el italiano me miró y dijo: — Bueno.  ¿Y tú qué?

Le miré y pregunté: — ¿Qué de qué?

– ¿Cómo que qué de qué? –acompañó mi compatriota– Que has estado aquí escuchando de tapadillo y ahora te toca a ti soltar prenda.

– Bueno, yo no he preguntado –contesté, apurando el cacao–, os podíais haber callado pero habéis seguido…

Se hizo el silencio.  Yo me temí que tendría que salir por patas, pero en vez de eso el policía soltó una carcajada: — ¡Sí señor!  ¡Tú si que sabes!  ¡Muy bien!  Nunca cuentes tus intimidades, y menos las relacionadas con una dama –Y siguió riendo mirando a nuestro compañero.

Yo me levanté y recogí mis cosas para llevarlas a la cocina, mientras el italiano nos miraba de hito en hito y, cuando ya llegaba a la cocina, gritó.

Ma qué cosa!

Vuelo con destino Babilonia:  volvemos a localizarle en el radar.  ¡Bienvenidos a casa!

Publicado en  on Lunes, 09 de Febrero de 2009 at 6:17 pm Dejar un comentario

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