No sé por qué, esta Navidad me he acordado de Montera. Tal vez sea porque la primera vez que pasé por ella fue en vísperas de estas fiestas.
El día era frío, y yo andaba por Gran Vía embutido en mi abrigo beige, ese que tanto me gusta, con sus hombreras negras, con el gorro de lana que me regalo mi hermana mayor calado hasta el lóbulo de las orejas y enfundado en mis entonces nuevos guantes. Vamos, lo que se dice un día frío. Que es cierto que algunos días de verano con gusto iría de la misma guisa, pregúntenle a mi madre, pero ese día la ropa estaba bien justificada. Iba de paseo y sin prisas, así que pensé en ir a la Plaza Mayor pasando por Puerta del Sol, y la forma más directa de hacerlo es por Montera.
Pasado el MacDonald’s, arranca la cuesta abajo, y aunque muchacho recién llegado de provincias, tampoco me asusté demasiado. Más me asusté (pero poco) cuando, unos quince años antes, la primera puta que vi en vivo y en directo me preguntó la hora en plena Plaza Mayor burgalesa. También fue en Diciembre, aunque no recuerdo que hiciera tanto frío. El susto no fue porque fuera prostituta, sino más bien porque apareció, de repente, de detrás de una de las columnas de los soportales, porque era de noche y porque estaba cansado del ensayo del que acababa de salir; por aquel entonces bailaba jotas, ya no, pero es otra historia.
Como digo, arranca la cuesta abajo, y entre joyerías, zapaterías y jugueterías, moteles de una noche, sex-shops, un cine y una delegación de los juzgados; y entre estos, acurrucadas junto a la pared, hombro con hombro, un muestrario con lo mejor que pueden ofrecer todas las razas aguantando la helada a la espera de que alguien contrate sus servicios. Daban ganas de regalarles unos pantalones más largos, una cazadora menos torera o, diréctamente, agarrarlas del brazo, llevarlas a la chocolatería que hay un poco más allá, junto al metro de Sevilla, e invitarlas a un chocolate con churros. Palabra.
Se acercaba el mediodía, y por Montera bullía una muchedumbre de turistas, como aquel rubio de allí, posiblemente eslavo, cuyos ojos se clavaron en la piel de una dominicana, y allí estarían aún hoy de no ser por el certero tirón de su media naranja, a la que correspondió con una de las sonrisas más falsas que he visto hasta la fecha. Mención especial merecen los japoneses, indudablemente procedentes de otro mundo, fotografiando el escaparate de una de las sex-shop flaqueado por una filipina y dos rusas impresionantes, y el escaparate estaba completamente pintado en rojo con un gran “SEX” blanco en él.
Hace un par de días volví a pasar por ella, y a pesar de las casetas navideñas y demás intentos gubernamentales por limpiar esta calle, poco ha cambiado. Eso sí, parece que han aprendido y este año llevan pantalón largo y chaquetas de ante con forro de suave borrego y piel. Aun así, he vuelto a sentir la necesidad de invitar a una de ellas a tomar un chocolate con churros.


No puedo imaginarte ataviado de jotero, la imagen es muy desgarradora. También recuerdo la plaza mayor de Burgos con sus distraídas mujeres.
Estos escaparates son indignos y abominables
Pero nada es lo que parece