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y ahora que estoy viejo
me pega con el palo
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Anónimo – Siglo XV(?)
Es en los estertores de las legislaturas cuando aparecen las propuestas destinadas a atraer nuevos adeptos. El partido en el poder tiene ventaja, ya que puede proponer leyes que parezcan satisfacer las demandas de algún grupo y de esta forma conseguir su voto. Pero, claro, ninguna ley puede contentar a todos y siempre habrá alguien que eleve su grito de protesta.
Esta vez los gritos provinieron de varios miles (cientos de miles, según ellos mismos) de cazadores, esos autoproclamados defensores del oso pardo, paladines de la jara, protectores del quebrantahuesos y benefactores del sotobosque mediterráneo. Su protesta: que la despótica Ministra de Medio Ambiente coarta su libertad –aquella que, según dijo un gabacho, termina donde empieza la de los demás– al no permitir tal munición o no autorizar la caza en cual paraje. Y a la puerta del ministerio fueron, para que se enterara de que no estaban de acuerdo con su pésima administración.
A Trufo le llevaron. Al principio estaba acojonado, era la primera vez en su corta vida que viajaba a la capital, y tanta novedad le abrumaba; pero pronto se acostumbró. Allí estaba el jefe de la manada, así que nada había que temer porque con él presente todos los peligros huían, y de no ser así él le protegería. Además, se habían reunido con una manada aun mayor, más grande de lo que nunca había imaginado. Había más perros, más jefes, más pájaros… De nuevo la jaula se convirtió en un recuerdo lejano.
Nuestros ojos se cruzaron, y apenas pude contener un mohín. Trufo, que lo vio, me dijo:
– ¿De qué te preocupas? ¿No ves cuánta gente hay? ¡Sé feliz, como yo!
Pero un certero tirón de correa impidió que pudiera contestarle. Ojalá hubiera podido decirle que mi tristeza nacía porque en sus ojos limpios vi reflejarse los limpios ojos del urogallo, el mochuelo, el lince y el muflón. Que sus ojos, como si bolas de cristal liliputienses fueran, me mostraron su futuro incierto, sus penurias futuras, confinado, sin apenas caricias, con el único momento de felicidad del día de la caza, hasta que un día su dueño, ese ecologista incorruptible, ese al que tanto quiere y admira, lo cuelgue de un árbol con un alambre…


No, no creo que tenga ese bárbaro destino. Pienso que se está desterrando ese desprecio a los animales incluso por parte de los cazadores. Creo que en este sentido vamos adelantando. De todas formas, muy bonito y oportuno tu comentario. A alguien le hará pensar. Un saludo
Bueno muy bueno y cierto muy cierto.
Ale, ya estarás contento, ya me has dejado los vellos como escarpias.
@Manzacosas: De veras que lo espero. Y espero que también sustituyan las escopetas por cámaras fotográficas, como aquél capítulo de “Doctor en Alaska”.
@macacolandia: Gracias.
@No soy Job: “Xactamente” como se pusieron cuando les vi con sus pancartas…