La estación fantasma

En Madrid hay estaciones de metro dignas de ser visitadas por diversas razones.  La faraónica estación de Chamartín, por ejemplo, o la laberíntica estación de la Ciudad Universitaria.  Incluso las hay con salas de exposiciones y murales como la del Retiro o la de Goya.  Y también existen las que pasan casi desapercibidas, olvidadas entre las tinieblas de los túneles.

Viajaba en la línea uno.  Dejamos atrás la estación de Bilbao, rumbo a Iglesia, y yo me dediqué a seguir la serpenteante danza del tubo que viaja parejo al tren:  había descubierto que algunos tramos tienen marcas de distancias, como en las carreteras, e intentaba calcular la velocidad del vagón en el que me encontraba.  Para mi decepción aquel tramo no tenía marcas.  Cuando fijé la vista –tal vez se estaban escondiendo– el tren redujo su velocidad y fue entonces cuando apareció, asomándose tras una valla, iluminada por la fantasmagórica luz de unas lámparas de campaña, la Estación Fantasma.

En su bóveda, cubierta de azulejos esmaltados en cobalto y blanco, destacan anuncios de estilo modernista.  Como si el tiempo se hubiera detenido en aquel segmento, los Almacenes Rodríguez ofertan sus productos de primerísima calidad, más adelante se ensalza el sabor del café torrefacto, mientras en el andén de enfrente se asegura que las mejores lámparas eléctricas son fabricadas por un tal Phillips.  Cuando llegamos a la estación de Iglesia todavía no me había recuperado de la sorpresa.  Miré el cartel de la pequeña estación y desplegué el plano de metro que siempre viaja conmigo.  Efectivamente, entre Bilbao e Iglesia no existe estación alguna. Aquello era un resto arqueológico.  Un vestigio.

Lo primero que hice al llegar a casa fue coger El Plano de Madrid, ese que está plagado de triángulos verdes y azules.  Al parecer es el único modelo que existe, puesto que todas las personas que conozco lo tienen.  Localicé las dos estaciones e intenté imaginar el recorrido subterráneo del tren y descubrir dónde se encuentra la estación.  A medio camino me encontré con la plaza de Chamberí, la de las verbenas, las manolas, los gatos y los barquillos.  A pesar de los 10 meses de estancia en Madrid todavía no había visitado esa zona, así que como el día siguiente es Domingo ya tenía plan.

Así pues, por la mañana salí de casa y entré en el metro, con el mismo aire aventurero de Indiana Jones, solo que sin látigo ni sombrero.  Bajé en Iglesia y me dirigí hacia Chamberí, ojo avizor a la búsqueda de la cicatriz que, según mi propia lógica, debería mostrarse sobre la acera.  Pero llegué a la plaza sin encontrar nada.

Chamberí es pequeña, o al menos en el plano daba la sensación de una mayor superficie.  Tiene una fuente en una esquina, un templete o kiosko de música un poco más allá, y el resto se encontraba repleta de sillas y mesas donde multitud de adultos tomaban cervezas, refrescos y tapas mientras los niños correteaban de aquí para allá, incluso un grupo de ellos jugaba con un balón chutándolo contra una pared, desafiando el cartel con el rótulo “Prohibido jugar a la pelota contra la pared” que les vigilaba, impotente.

Aprovechando que estaba allí, me metí en uno de los bares, más bien una tasca, precisamente el más cercano a los pichichis. Está alicatado de blanco, contrastando con los marcos de puertas y ventanas de color azul.  La barra, de obra y también con azulejos, le da un aire a provincias.  De sus paredes cuelgan fotografías de paisajes remotos.  Mientras bebía mi tónica, interrogué al camarero, como si no quiere la cosa, acerca de la Estación Fantasma.  Me confirmó que la estación existe, que se encuentra de camino hacia Bilbao, pero que desconocía la razón por la que fue cerrada.

Tras el descanso, seguí el camino por la calle de Luchana.  A los pocos metros, frente al número 38, cerca de los cines Luchana’s, encontré lo que buscaba:  el suelo de la acera estaba horadado.  Sin duda era un respiradero.  No era la entrada principal, pero seguro que estaba cerca.

Miré el reloj, ya eran casi las dos y estaba lejos de casa, así que tenía que dejar la búsqueda de la entrada para otro día.  Marqué la localización del respiradero en el plano y regresé.

Publicado en on Lunes, 03 de Septiembre de 2007 at 5:23 pm Comentarios (7)

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7 comentarios Leave a comment.

  1. Vaya por dios, no me dejes así. Tienes que ir al respiradero cuanto antes y nos cuentas que me has dejado en ascuas.

    Eso si lleva ajos y un crucifijo por si las moscas que vete tu a saber quien habita esos lugares fantasmas.

    Espero con ansia la continuación.

  2. A veces el metro de Madrid parece un auténtico descenso a los infiernos. Sobre todo a según qué horas y qué líneas…
    Buen relato.

  3. ¿Qué es eso de parar la investigación para comer?, ¿Cuántas veces come Indiana Jones?

  4. Macaco: Pues resulta que antes de encontrar la entrada tengo que encontrar piso, así que habrá que esperar.

    Pedro: Dímelo a mi: recién duchado entro en el metro y ya no sé si soy yo o el vecino el que olvidó ducharse…

    Terebel: Pues en una de las películas se pone a sesos de mono y escarabajos peloteros fino… Aunque sí es verdad que no come mucho el chico. por eso tiene tan buen tipo.

    Gracias a todos.

  5. Ahora entiendo tanto tiempo sin actualizar el blog: Entre comer, pensar en si se ducha o no y perderse por el metro, no te queda tiempo para más
    jaja

  6. Pues si te cuesta mucho en encontrar piso puedes ir a vivir a la estación fantasma esa.

  7. Lleva cerrada mogollón de años. Ahora parece que van a hacer en ella un museo del metro pero, en fin, ya sabes como van estas cosas… desde que lo dicen hasta que lo empiezan… y luego hasta que lo abren…


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