Los encierros de San Isidro

Madrid tiene muchas calles cuyo sólo nombre ya inspiran imágenes en nuestra mente:  Puerta del Sol y la fiesta, Serrano y sus tiendas, la Castellana y sus palacetes, la calle de la Montera…  Bueno, esta la dejo para otro día.  Aparte de estas referencias a la memoria colectiva, otras calles evocan recuerdos más personales.  En mi caso es la calle Preciados, que une la Puerta del Sol con la plaza de Callao.  En mi primera visita a la Capital, con Zoo incluido, nos paseamos por la calle Preciados para hacer una visita a las Galerías.  Yo era muy pequeño y posiblemente por eso me impresionó ver tanta gente junta, entrando y saliendo de unas tiendas tan enormes.

Al poco de mudarme aquí fui a dar una vuelta por la zona de Callao y, de paso, visitar a una de mis novias, la cual se había adelantado unos meses y trabajaba en una de las tiendas.  Ya que estaba allí, me pidió que la acompañara a hacer unas compras, y eso hice.

A la ida, dirigiéndonos hacia Puerta del Sol, vimos cómo varios subsaharianos extendían sus mercancías sobre sábanas blancas.  Había de todo, no sólo copias de películas y discos musicales sino también marroquinería, zapatillas, relojes, joyería y cuanto puede ser imitado, plagiado o robado.  Todos los escaparates estaban siendo preparados con esmero, los discos bien ordenados, los cintos perfectamente enrollados, los ídolos y las estatuíllas de elefantes y jirafas talladas en ébano falso, no como sus sufridos vendedores, se alineaban como si de un ejercito se tratara.  Y todos los expositores tenían prendidas en las esquinas cuatro cuerdas anudadas en el centro.

Yo observaba todo aquello con el mismo interés con el que, unos días antes, había visitado las salas del Museo del Prado, no porque no hubiera visto a los manteros antes, sino porque ver tantos, rodeados de tanta gente, me hizo evocar las antiguas calles y plazas de mercado de las ciudades castellanas.  Mi compañera, notando mi viaje imaginario, me dijo:  Ya verás cuando volvamos¿Ya veré qué?, pregunté impaciente.  Tu tranquilo“, contestó, y entramos en una tienda de ropa.

Después de dar mi opinión sobre algunas prendas y cerrar una transacción satisfactoriamente, salimos y, a los pocos pasos, fuimos testigos de un espectáculo que me trasladó de nuevo a otra tierra en otro tiempo, esta vez a las calles de Pamplona en Julio.  Los vendedores, como impelidos por un resorte oculto, se levantaron y agarraron el nudo central de las cuerdas, haciendo que las sábanas se cerraran sobre la mercancía, como un saco, y comenzaron a correr desapareciendo por las callejas, incluyendo en el repertorio algunos resbalones y empujones hacia la improvisada audiencia.

Un poco más allá se encontraba la policía, un coche celular, una patrulla y dos motoristas observaban, casi divertidos, la escena que acababa de producirse.  Mientras nos acercábamos, mi amiga comentó Y así todos los días, ¿tú te crees?Es que cada vez es más complicado atraer a los visitantes, dije mientras observaba a varios turistas que revisaban las fotos con las que habían inmortalizado aquel momento.

Al pasar junto a la policía, uno de los motoristas conversaba con el conductor de la patrulla a través de la ventanilla del coche:  Bueno, ¿vamos ya?  Espera cinco minutos más, que no les ha dado tiempo todavía a llegar.

Publicado en  on Miércoles, 04 de Julio de 2007 at 10:18 am Comentarios (2)

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2 comentarios Leave a comment.

  1. ¿Y esta actuación de animación de calle la tienen bien ensayada las dos partes o improvisan día a día?¿Y siempre interpretan cada uno el mismo papel o se turnan los papeles?

    Este numerito turístico me recuerda al clásico grupo vestido de flamenco para atraer a los guiris y sacarse unas perrillas.

  2. Comprendo las razones de los comerciantes, las razones de las autoridades… pero sigo poniéndome de parte del mantero. Recorrer miles de quilómetros, arriesgar la vida en una patera o en los bajos de un camión para terminar vendiendo mercadería barata e ilegal en la calle de Preciados de Madrid. Hay tantos mundos en este…


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