El juicio de las urracas

En la evolución de todo ser humano, existe un periodo en el que se busca la propia identidad.  Suele ser esta una época caótica, de rebeldía contra todo lo vivido con anterioridad, en la que se reniega, incluso, de nuestro pasado.  Es nuestra guerra contra todo, con batallas y escaramuzas en busca de nuestro yo, de lo que somos, de nuestro significado.  Y como en toda guerra, también en esta hay alianzas y traiciones, bajas y victorias, triunfos y derrotas.  Nos rebelamos contra nuestros padres, tratando de derrocar su despótico gobierno, conquistamos nuevas tierras, descubrimos nuevas experiencias, reclutamos ejércitos, ejecutamos a los traidores… y herimos, incluso de muerte, a aquellos que más nos importan.  Se cometen errores, sí, pero si hemos aprendido su lección, si miramos hacia atrás a tiempo, significará que hemos ganado.

Me encontraba yo, no hace muchos años, siendo testigo de una de estas guerras ajenas, esquivando proyectiles mientras libraba otra propia, de naturaleza bien distinta, cuando Calíope me susurró al oído:

Los dos dominicos se relajaron, habían cumplido con su deber y estaban seguros de que el Santo Padre había comprendido que aquella aberración sólo merecía no ver la luz del nuevo día.  Observé sus caras, henchidas de satisfacción por la paliza dialéctica que habían propinado a aquella criatura.  Sin duda estaban saboreando las palabras exquisitamente seleccionadas para retumbar en la sala capitular donde se encontraban.  Los imaginé el día anterior en aquella misma habitación, el uno sobre la tarima engolando la voz mientras su colega, en el lado opuesto de la habitación, le indicaba con los brazos cuándo elevar el tono, como si el director de un coro se tratara.

Cuando el enviado de Su Santidad se retiró a deliberar, nos temimos lo peor.  Incluso Su Alteza Real tenía cara de preocupación, a pesar de que unas horas antes estaba segura de su éxito parapetada en una defensa a prueba de bombas.  Pero la alegación final de ambos monjes evidenció que no era así y creyó que sus adversarios habían vencido.  Por supuesto que nunca lo admitiría en público, pero quienes le conocemos bien no necesitamos que nos lo diga para leer sus pensamientos, si acaso hay ocasiones que solicitamos una confirmación para evitar ser acusados de inmiscuirnos en asuntos que no os interesan cuando únicamente nos preocupamos por Ella.

Tres días tardó el Gran Inquisidor en llegar a una conclusión firme, asesorado por una curia de cardenales, sacerdotes y, sorprendentemente, jesuitas.  Con el rostro severo, todos se sentaron tras la mesa.  Ordenó levantarse a la acusada, que obedeció al instante, y comenzó su discurso:

«Un caso curioso, este, en el que tanto la Acusación como la Defensa han presentado argumentos suficientes como para inclinar la balanza a su favor.  Sin embargo, se nos demanda una decisión firme y eso presentaremos, con la ayuda del Espíritu Santo.

»La deliberación ha sido difícil, más sabiendo la gran amistad y cariño que Su Majestad ha profesado y profesa en todo momento hacia Su Santidad, sentimiento recíproco que no ha impedido llegar a la que, en Nuestro parecer, es el mejor veredicto posible.  Y estamos seguros de ello, puesto que hay ciertas afirmaciones dirigidas contra la Acusada que son inequívocamente falsas, sin que el resto sean menos ciertas.  No debemos confundir Verdad con Justicia, pues aunque la Segunda ha de estar siempre precedida por la Primera, Esta no es siempre anticipo de Aquella.

»Así pues, pasamos a detallar el punto que Nos ha dirigido hacia Nuestra decisión:

»Afirman Nuestros Hermanos en la Fe de Cristo que la Acusada llegó al conocimiento de las Artes del Sanamiento a través de la brujería.  Y lo afirman insinuando que Ella misma confesó este punto en público y de buen grado a través de cierto Bando dirigido al Pueblo.  Sin embargo, no nos consta que en Nuestra Presencia antes y durante este Juicio ni en dicho Bando se haya dado tal confesión, y hemos de recordar todos que el conocimiento de las Negras Artes no implica el seguimiento de su doctrina, tal como demuestra la Vida y Obra del Santo Cipriano de Antioquia y su Libro Magno.

»Son, el resto de las acusaciones, de tan poca envergadura o de tan débil defensa –como aquella que afirma que entró en una Iglesia portando antorchas cuando testigos y pruebas aseguran lo contrario– que no merecen ser mencionadas.

»Sea, entonces, la Acusada puesta en libertad, con Nuestra recomendación de que sea precavida y cuide, en sus apariciones y manifestaciones futuras, de dar opción a los insidiosos de hacer insinuaciones capciosas, como estas que han sido origen del oprobio que ahora padece.»

Cuando el Juez de la Inquisición terminó su discurso, mientras recitaba la letanía final, miré buscando a los dos dominicos para ver sus caras, sin duda mudadas por el bochorno, mas me quedé con las ganas de tal divertimento ya que ambos pájaros habían volado.

Publicado en on Domingo, 10 de Junio de 2007 at 12:20 pm Comentarios (4)

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4 comentarios Leave a comment.

  1. Pues bienvenido al fabuloso mundo del Blog (siempre un poquito mejor que el real, porque aquí si puedes decir lo que te de la gana).

  2. Ya quedamos menos sin blog. Suerte.

  3. Bienvenido al mundo bloggeril. Espero leerte con asiduidad y eso depende de ti.

  4. Me encanta el titulo del blog.

    Babilonia, la gran ramera ,la madre de las fornicaciones y abominaciones de la tierra.

    Bienvenido a la historia de tu propio weblog, se te seguira con frecuencia.

    Salud


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